¿Quién paga los platos rotos?

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La República Dominicana, media isla del Caribe en el mismo trayecto del sol, es privilegiada con una diversidad de recursos naturales y culturales. Estos atributos son tan grandilocuentes en su forma y en su extensión, algunos de ellos emblemáticos como Los Haitises, Sierra de Bahoruco, Valle Nuevo o singulares como Salcedo y Dicayagua

El precedente nuestro de la primera área de conservación en Rrepública Dominicana, se conoce como “Vedado del Yaque”, creada el 27 de noviembre de 1928, iniciando lo que conocemos popularmente como “áreas protegidas o parques”. Hoy en día, tenemos unas 128 áreas de conservación en diversas categorías y a casi 100 años de iniciar la ruta de la conservación y los traumas sociales, económicos e institucionales se agudizan cada vez más.

Sin temor a equivocarnos, el presidente Joaquín Balaguer, ha sido el que más contribuyó a la preservación del medio ambiente, pues los criterios para la designación y delimitación, a pesar de la precariedad de la época, se sustentaban o soportaban por criterios “ecológicos” de ese entonces, demostrando que a pesar de todo las cosas malas, que sí las tenía, los pocos avances que podemos exhibir hoy en día, tienen sus génesis ahí, gracias a esa visión de la época. Solo para hacer una paráfrasis de la época; Los Haitises, Santuario de Ballenas Jorobadas, Mirador Sur, Mirador del Este, Mirador Norte; además del Jardín Botánico, Zoológico, Cinturón Verde Ecológico, Lago Enriquillo, etc.

Los sucesores de ese legado, de acuerdo o en desacuerdo con el caudillo, continuaron su lucha de manera aguerrida y sin desmayo, a lo que tenemos y conocemos hoy como el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SINAP), un compromiso de todos para preservar nuestros recursos naturales y culturales sin comprometer los mismos, para garantizar el disfrute de las futuras generaciones.

Como sociedad no hemos madurado lo suficiente, como para aceptar que se han cometido errores voluntarios e involuntarios, que tenemos áreas protegidas que no tienen razón de ser, delimitaciones que no pueden someterse a un análisis, objetos de conservación distantes al paisaje que describen las áreas y categorías que no son correspondidas con la realidad, todo esto dentro del SINAP.

El miedo arropa a los actores para abordar estos temas, pues desde el análisis de vacío que da al traste con el decreto 571-09 y la disponibilidad de nuevas tecnologías más accesibles, como sistema GIS (gps+ software), ordenadores y fuente de información, son muy pocas las excusas que puedan justificar esos errores.

Esos “players” siguen ahí y no quieren aceptar lo que le toca de culpa, tampoco aceptan que el principio de legalidad es fundamental y conforme a todo ejercicio de poder público debe realizarse conforme a la ley vigente, aún no te beneficie, aún no te contraten.

Nadie cambia haciendo lo mismo y para colmo, el Parque Nacional Sierra de Bahoruco, un área de conservación invaluable, tiene que enfrentarse a la dialéctica de que se necesita Loma Miranda como parque nacional, cuando al primero ese título de “parque nacional” solo le ha servido para la letanía que ya todos conocemos y degustamos el suculento del Persea americana (aguacate), aunque sea de esos chiquitos feos para exportación.

Será eso lo que queremos, vivir en esa eterna letanía, porque siempre nos faltarán recursos humanos y económicos, sobre todo cuando lo eco solo importa para el marketing. Para que haya sostenibilidad también se debe sacrificar algo de lo económico, nuestro medio ambiente lo pide a gritos.

Necesitamos un cambio, pero un cambio verdadero, de actores, paradigma y visión, donde gane el ambiente, gane las especies, los ecosistemas, que sea un ganar ganar para todos.

Sino, pregúntenles a las cuevas del Pomier.

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