Un antes y después

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Era media mañana cuando salí de mi estudio, en la casa, donde desde muy tempranito estaba leyendo, escribiendo, revisando las noticias del día. El silencio total en el apartamento provocó mi curiosidad, toda vez que un par de horas antes había visto que mis hijos y mi esposa en el desayunador.

Una ‘inspección’ rápida dio respuesta a mi interrogante: cada uno, estaba absorto frente a una pantalla de computadora, los tres hijos tomando clases –dos universitarios y una terminando el bachillerato- y mi esposa trabajando.

La vida cambió. Ha ocurrido en el mundo. Ya nada es como antes. Todo será distinto, aunque retornemos a la ‘normalidad’. Muchos, sin embargo, no lo han entendido o tratan de aprovecharse de esta desgracia.

La peste del coronavirus ha costado más de dos mil muertos al país y más de un millón al mundo. Una desgracia que ha puesto al mundo patas arriba y que ha tocado a los grandes, desde presidentes, políticos, artistas, deportistas, científicos, empresarios, hasta millonarios y pobres, blancos, negros, mestizos.

Tenemos el reto y la responsabilidad de sobreponernos, sin distracción ni politiquería, porque si no vencemos la pandemia, lo demás será intrascendente, fatuo y banal.

La oración del día nos ayuda, fortaleciendo la fe: “Amado Dios, te doy gracias por la vida. Te pido paz para mi ser, prudencia en cada acto y fuerza para mi espíritu. Que protejas mi vida de los peligro, de las malas intenciones, de la calumnia y haz que en mi mente solo afloren pensamientos de amor, caridad y bondad”.

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