Los dominicanos y sus «vainas»

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El conductor amigo detuvo bruscamente la marcha acelerada del vehículo y, con gesto de incomparable cortesía, me invitó a subir a su confortable y recién comprado Mercedes Benz, otorgándome así una muy agradecida “bola” que habría de trasladarme hacia la llamada “Villa del Viaducto” ( Moca ). A su lado iba un pintoresco personaje que no tardó mucho tiempo en reiniciar el diálogo momentáneamente suspendido, abarrotado casi en todas sus partes de los más singulares giros expresivos propios de la lengua coloquial.

Era todo un ramillete de vainas lo que se desprendía de aquella boca pueblerina.

No quise desaprovechar tan inesperado manjar lingüístico, y acto seguido oprimí las teclas de un pequeño grabador, que por fortuna portaba, con miras a registrar las realizaciones léxicas del fortuito informante o viajero parlanchín.

Al transcribir literalmente la conversación, pude apreciar que el resultado no podía ser más sorprendente: en apenas minuto y medio de grabación, el hablante que nos ocupa pronunció la palabra “vaina” nada más y nada menos que veinte veces.

Conforme a lo antes expresado, valdría entonces preguntarse:

1) Desde el punto de vista semántico, ¿cuál el verdadero valor denotativo que el susodicho vocablo encierra?. Desde el punto de vista sociolingüístico, ¿cuáles hablantes suelen emplearlo con más frecuencia?

En relación con la primera de las anteriores interrogantes, conviene aclarar que tan popular terminología pertenece al ámbito de las Ciencias Naturales, específicamente a la Botánica.

“Vaina – se lee en el Diccionario de la Lengua Española – es la “Cáscara tierna y larga en que están encerradas las semillas de algunas plantas”. También el “Ensanchamiento del pecíolo o de la hoja que envuelve el tallo”.

Pero los sentidos que a dicho término le asignan los hablantes dominicanos en su diaria conversación, se apartan por completo del núcleo significativo alrededor del cual giran las acepciones precedentes.

Nótese que hablo de sentidos, no de sentido. Y es que vaina es una voz que en el habla popular dominicana, no siempre alude a la misma realidad, vale decir, en ocasiones entraña las más diversas connotaciones según el contexto lingüístico o situacional en que se emplee. O, lo que es lo mismo, para los dominicanos, la palabra vaina, entre otros valores, significa:

Problema o contrariedad:
“¡Qué vaina!, ya se fue la luz otra vez”
“En mi casa nunca falta una vaina”
Molestia o necedad:
“Ese vecino, con su música y su vaina, no deja dormir a nadie”
“Me siento una vaina ahí, en el estómago, que no me deja comer…”
Grosería, majadería o insulto:
“Yo no le soporto vainas a nadie…”
“Fui al programa y le dije como veinte vainas por fresco…”
“Me dijo una vaina que no me gustó, y le entré…”
“Cada vez que voy a cobrarle siempre me sale con la misma vaina…”
Realidad desconocida:
“El médico me aplicó una vaina rarísima…”
“¿Y qué vaina es esa…?”
En ocasiones soporta dicha voz el mismo significado que la palabra etcétera:

“Fuimos a la playa, nos bañamos, bailamos, bebimos, gozamos mucho y vaina…”
Todo lo dicho antes significa que en una posmodernidad en la que se tiende siempre a lo fácil, «vaina», junto a «cosa» y «algo» conforma la trilogía de palabras de sentidos más vagos e imprecisos del español dominicano. En la República Dominicana, todo se reduce a “vaina”. O, lo que es lo mismo, aquí se vive en un constante y pleno “vainismo”.

El término, en tanto muletilla reveladora de pobreza léxica, es empleado con más frecuencia por los hablantes de más bajo nivel de instrucción; pero la práctica ha demostrado que en mayor o menor grado se realiza también en todos los estratos socioculturales de la población dominicana. Su uso, sin embargo, no constituye una particularidad lingüística o rasgo característico del español dominicano. La muy citada estructura lexical, vale aclarar, igualmente aparece presente en otros dialectos del mundo hispánico, como se desprende del fragmento que a continuación transcribimos, tomado del cuento “Un día de estos”, del afamado narrador colombiano Gabriel García Márquez:

«El dentista le dio un trapo limpio.

-Séquese las lágrimas -dijo.

El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese -dijo- y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.

-Me pasa la cuenta -dijo.

-¿A usted o al municipio?

El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica.

-Es la misma vaina…»

dcaba5@hotmail.com

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