Sánchez: vida, lucha y muerte

0
206

Al valorar a Francisco del Rosario Sánchez como una de las grandes figuras de la historia dominicana no hay espacio para la duda.

Él fue un combatiente permanente, un hacedor de situaciones tendentes a favorecer la libertad de sus compatriotas.

No conoció el reposo. Siempre estuvo armando tácticas para llegar a la estrategia de liberar al pueblo dominicano de imposiciones externas e internas.

Cuando se estudian los hechos de raigambre histórica en que Sánchez tuvo participación se comprueba que su espíritu patriótico absorbía la esencia de su vida. Los detalles de política doméstica, siempre salpicados de mezquindades, eran secundarios en su ideal de redención nacional.

Por su amor a la Patria Sánchez sufrió persecución, prisión, exilio, vejámenes diversos y finalmente una muerte atroz ordenada por el espadón sangriento de Pedro Santana, un cacique de instinto montaraz quien al mirarse a sí mismo se creía que él era imprescindible y portador siempre de la verdad y la razón.

Sánchez fue la principal víctima de ese personaje funesto a quien por sus hechos se le puede aplicar la sabia expresión contenida en la obra titulada Libro del Desasosiego del escritor portugués Fernando Pessoa: “El hombre no debería poder ver su propio rostro…El creador del espejo envenenó el alma humana.”

Francisco del Rosario Sánchez del Rosario forma junto con Juan Pablo Duarte Diez y Matías Ramón Mella Castillo la trilogía de los Padres de la Patria. Otros ilustres dominicanos también tienen dimensiones proceras, cuya evocación es de justicia resaltar permanentemente.

Sánchez, nacido en la ciudad de Santo Domingo el 9 de marzo de 1817 y asesinado el 4 de julio de 1861 en San Juan de la Maguana, tuvo el mérito y la dicha histórica, para prez de su memoria, de ser uno de los fundadores de la sociedad secreta La Trinitaria, cuna de la Independencia Nacional.

Sus condiciones excepcionales de guerrero y organizador le permitieron dirigir la lucha separatista cuando Juan Pablo Duarte, luego de evadir una tenaz persecución en su contra, pudo salir del país en el 1843.

Sánchez, con palabras y con hechos, siempre reconoció la prevalencia de la figura de Juan Pablo Duarte ante los demás independentistas, a pesar de que algunos en un evidente exceso lanzaron al aire la peregrina idea de que él lo superaba en méritos.

Le correspondió ser el primero en proclamar a Duarte como Padre de la Patria. Lo hizo in absentia del patricio, que entonces estaba exiliado en Curazao. Fue en la Puerta del Conde, a las tres de la madrugada, horas después de producirse el trabucazo redentor de Mella en la Puerta de la Misericordia.

Ese tributo es un ejemplo más que ha permitido con el paso del tiempo sostener que Sánchez mantuvo invariable su visión respecto al esplendor de la figura de mayor proceridad que encarna Duarte en la historia dominicana.

El 15 de marzo siguiente, obviamente inspirado en la previa alabanza de Sánchez, el prelado Tomás de Portes e Infante, entonces Vicario General de la Arquidiócesis de Santo Domingo, al recibir a Duarte en su retorno del exilio, lo saludó jubilosamente diciéndoles a los presentes “Salve el Padre de la Patria.”

En una etapa tan convulsa como la que siguió a los acontecimientos del 27 de febrero de 1844 no todos los pasos de Sánchez fueron lineales, pues hizo algunos meandros casi obligatorios con las fuerzas conservadoras que controlaban los poderes de la naciente República.

No obstante algún zigzag, coyuntural y por táctica obligatoria, en lo fundamental Sánchez mantuvo inconmovible, hasta el momento postrero de su vida, su fe en los destinos nacionales. Eso es lo que vale como sustancia de su itinerario vital en favor de las mejores causas para el pueblo dominicano.

Francisco del Rosario Sánchez del Rosario entró al largo martirologio de los dominicanos que ofrendaron sus vidas en la etapa en que el país había perdido su soberanía luego de que un grupo de renegados encabezados por Pedro Santana decidió matar y sepultar la República Dominicana.

La posición anti anexionista de Sánchez comenzó meses antes de que se materializara el macabro acto de la Anexión. Estaba enfermo y postrado en la pequeña y hermosa Charlotte Amalie, la población principal de la isla caribeña de Saint Thomas. Con “carencia de todo recurso para sostenerse.”

Manuel Rodríguez Objío expresa, en su obra Relaciones Históricas sobre la Guerra Restauradora, que cuando fue a visitar a Sánchez en su exilio de Saint Thomas este le habló “en el idioma del amigo, del padre y del patriota inspirado. Es preciso, me dijo, que cooperes a evitar esa Anexión vergonzosa que no es sino una traición infame manejada por Santana y sus esbirros.”1

Antes de cumplirse tres meses de que las tropas españolas ocuparan el país, arriando el pabellón tricolor dominicano e izando la bandera del reino de España, Francisco del Rosario Sánchez penetró al territorio nacional a luchar por la restauración de la soberanía vendida por Pedro Santana y sus secuaces.

Cuando finalizaba el mes de mayo de 1861 el patricio y mártir Sánchez entró por Hondo Valle, en la frontera con Haití. Estaba acompañado de otros patriotas que por su número formaban lo que en el argot militar se denomina una unidad con categoría de Sección.

Son de larga narración los hechos entonces ocurridos en torno a la expedición libertaria de referencia, la cual incluía los combatientes que encabezados por el General José María Cabral penetraron por la tierra fronteriza de Comendador y el General Fernando Tabera, quien debía apoderarse de Neiba. Sobre eso he hecho otros comentarios en este mismo espacio, a los cuales remito a quienes tengan interés en más detalles.

Sánchez fue gravemente herido y capturado, por un acto de traición, en un lugar llamado Los Guineos, en territorio de El Cercado.

Fue llevado a la ciudad de San Juan de la Maguana, donde se produjo su magnicidio la tarde del 4 de julio de 1861, luego de que el día anterior hicieran un juicio carente de sustento legal.

Junto a Sánchez fueron asesinados más de 20 otros patriotas que luchaban por la Restauración de la República Dominicana. Paradojas del destino, el fuego criminal que segó la vida de esos valientes salió de fusiles accionados por dominicanos anexionistas.

El responsable de esa hecatombe fue Pedro Santana, quien en la ocasión actuaba al servicio de la Reina de España, como Capitán General de la neo colonia.

Era él quien desde Azua movía los hilos de la muerte violenta de Sánchez y sus compañeros de lucha patriótica. Los Mártires de San Juan los fueron por su macabra decisión. Ni siquiera los santanistas más tercos se han atrevido a negar la decisiva participación de ese caudillo en los hechos referidos.

El 4 de julio de 1861 el vendepatria que luego sería revestido con la pompa del Marquesado de Las Carreras llevó al más alto nivel su ánimo criminal, incluso contra la voluntad de experimentados oficiales españoles que consideraron que no era prudente cometer esa masacre cuando todavía las tropas españolas ni siquiera tenían pleno dominio del escenario bélico.

Un hombre tan cruel como el General José de la Gándara Navarro confirmó que los crímenes de Sánchez, y los demás patriotas que con él murieron, fueron obra de Santana.

En su libro Anexión y Guerra de Santo Domingo el político y militar aragonés expuso sobre eso, entre otras cosas, lo siguiente: “Se les sujetó por orden de Santana a un sumarísimo e irregular procedimiento y fueron fusilados el 4 de julio, contra la opinión y las reclamaciones escritas del Brigadier Peláez que pasó quizás los límites de la subordinación…”2

Tal vez la muerte de Sánchez (que tenía 44 años de edad), y demás héroes que pagaron con su vida el amor a la Patria, fue el punto de partida para que tiempo después se produjera el Campo de Agramante en que terminó el vínculo entre Santana y las autoridades españolas de la Anexión.

El Congreso Nacional, al ponderar la pertinencia de honrar la memoria de Sánchez y los demás mártires del nefasto día en que fueron abatidos, resolutó en su sesión del 19 de junio de 1889 lo siguiente: “Único: Se declara solemnemente Día de Duelo Nacional el 4 de julio de cada año, conmemorándose esta fecha el 3 del mismo mes.” Ocho días después el Poder Ejecutivo emitió el Decreto de promulgación de esa decisión congresual.3

El 6 de julio del año 1889 el Vicepresidente de la República, Manuel María Gautier, pronunció un discurso con motivo de la proclamación del referido Día de Duelo. Explicó que estaban congregados, como muchos otros en otros lugares del país: “para rendir parias a vuestro patriotismo y mantener vivos en el corazón de los que aún os sobrevivimos y en la generación del porvenir, el ejemplo de vuestras virtudes cívicas y el reflejo de vuestras glorias. Paz, honra y gloria a vuestros manes.”4

Esa recordación de duelo nacional se mantuvo durante 54 años, hasta que el 28 de abril de 1943 una ley suprimió el referido decreto de 1889.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here