Sobre el Führer

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Recién he leído dos textos de Hugh Trevor-Roper sobre Hitler: Las conversaciones privadas de Hitler, precedidas por un ensayo sobre su mente; y Los Últimos Días de Adolf Hitler.

Se suman a otros cuatro libros sobre el mismo tema que he devorado en el confinamiento ocasionado por la pandemia de Covid19: una biografía sobre Paul Joseph Goebbels, de Ralfh Georg Reuth; Mi Vida con Goebbels, escrito por Thored-Hansen, a raíz de los testimonios presentados por la secretaria de Goebbels, Brunhilde Pomsel para el documental “Una vida alemana”; La Rosa y la Esvástica, novela sobre Eva Braun, escrita por Francisco Javier Aspas; y Matar a los SS, cuyos autores son Bill O’Reilly y Martin Dugard.

Trevor-Roper, medio siglo después de la primera edición de su obra, antes de partir de este mundo, tuvo oportunidad para escribir el prólogo de su séptima edición, como lo había hecho 40 años antes para la tercera. Importante es que ninguno de los datos que pudieran comprobarse años después cuando se adicionaron testimonios e informaciones que no estaban disponibles al momento del informe original, cambian el dato firme de que el Führer se suicidó en el búnker de la cancillería en Berlín, junto a Eva Braun, para ahorrarse la humillación de caer en manos de los rusos.

Esa es una información que desde hace tiempo nadie contradice, pero en los años posteriores a la caída del Tercer Reich hubo mucha confusión porque Stalin entendía que dar a conocer al mundo la forma en la que Hitler murió lo heroizaba, por lo que hizo que Rusia silenciara todas las informaciones que manejaba desde el principio, y fueron los británicos los encargados de desvelar todo lo relativo al patético final del autor de Mein Kampf.

Trevor-Roper fue encargado de la elaboración del informe británico sobre la muerte de Hitler, y, desmovilizado, en 1947 hizo la publicación de la primera edición de Los Últimos Días de Hitler:

“Me preguntaba cómo era posible que los rusos, habiendo conquistado Berlín y ocupado las ruinas de la cancillería de Hitler, hubieran fracasado a la hora de verificar la información concerniente al destino de Hitler. Tenían la oportunidad, los medios, tal vez incluso el deber de hacerlo, y sin embargo, en septiembre de 1945, manifestaron su total desconocimiento de este tema, extendiendo así la confusión, la especulación y la sospecha que yo debía disipar”

Fue en 1955 cuando Nikita Khrushchev quitó el sigilo que mantenía la información rusa y comprobó la veracidad del informe británico.

El otro texto es extenso, pero nada aburrido. Hitler se expresa en sus conversaciones de sobremesa sobre distintos temas sobre los que se toma nota, no con la finalidad de publicación inmediata, sino como un pretendido legado para la posteridad, para que en el futuro se conociera qué pensaba por ejemplo del cristianismo, del bolchevismo, del fascismo, de Europa, Estados Unidos, de Marx y de otros pensadores.

Se autodefinía como un político práctico y un filósofo político en una misma persona, y decía que “cuando el nacionalsocialismo haya reinado durante bastante tiempo, será imposible concebir una forma de vida diferente a la nuestra. A largo plazo nacionalsocialismo y la religión no podrán seguir existiendo juntos”

“La llegada del cristianismo es el golpe más fuerte jamás recibido por la humanidad. El bolchevismo es hijo ilegítimo del cristianismo. Ambos son inventos de los judíos. Fue el cristianismo el que introdujo en el mundo la mentira deliberada en materia religiosa.”, argüía.

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