Hubieres y sus fusiles

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POR RAMFIS RAFAEL PEÑA NINA
La madre de Pablo Escobar Gaviria, el más grande y temido capo de toda la historia, más que un consejo, le pronosticó a este: Pablo al Estado no se le derrota.

Poder económico no le faltaba, sicarios, armas, tecnología y demás. Eso le hizo obviar el consejo de su progenitora que, por demás, también era una mujer aguerrida. No fue escuchada por el impetuoso hijo y vimos como terminó la historia.
Recientemente el mundo quedó escandalizado con la toma del Congreso de Los Estados Unidos de Norte América, algo inimaginable para el resto del mundo. Una turba al estilo cualquier país del mundo, pero que, por sus doctrinas de perfección absoluta, esto era impensable en aquel país.

Sucedió, orquestado por otro Escobar engreído, embriagado de poder. El primero, dejó una estela de muertos por doquier. El segundo, hasta el momento cinco fallecidos, que por tratarse de Norte Americanos, es como decir un sin número de Vietnamitas, Palestinos, Iraquies u otros nacionales del resto del mundo.
Peor aún, el orgullo de somos los perfectos del mundo, quedó evidenciado que son simples mortales, imperfectos también.
Casi me olvido quien es el centro de lo que hoy escribo, quizás por lo insignificante del protagonista. Ese tipo de amenazas intimidantes y de carácter tigueril, no es el Estado que debe enfrentarlos, es la misma población que debe enfrentarlos, ignorando sus pésimos servicios. Demostrarles que tenemos todo el derecho de usar el medio de transporte que nos garantice seguridad e higiene, que la dictadura de la ley actúe en defensa de la población.
Siempre he creído que las democracias no pueden sobrevivir igualmente en todos los países. Vivimos el ejemplo de Singapur, como fueron adaptando al pueblo a la democracia requerida, hoy, ejemplo y admirados por el resto del mundo.
A Hubieres, sus padres de familia, sus pandilleros y fusiles, obsoletos todos, les llegó el tiempo de ajustarlos a la armonía de vivir en un estado de derecho regido primero por deberes y luego por derechos. Bravuconadas e intolerancias no. Orden, sí

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