Orlando Martínez, en el nombre de la república

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Una noche del año 1975 estaba yo saliendo del cine Antonieta, en San Juan de la Maguana, República Dominicana. Había visto una película de suspenso y la historia era así: 14 pasajeros viajaban en un tren que partió de Estambul con destino a Londres, e inesperadamente, atravesando las heladas rutas de Yugoeslavia, se detuvo en medio de un camino congelado por la nieve. Inconvenientes técnicos provocaron la parada.

Era de noche también en la película, un viaje largo y los pasajeros durmieron en sus respectivos vagones mientras los técnicos esperaban la iluminación del día para reparar la nave. De pronto se oyó un grito, pasos de alguien corriendo y al otro día uno de los pasajeros fue encontrado muerto. Se trataba de Samuel E. Ratchett: lo mataron durmiendo.

Uno de los que van a bordo era el afamado detective belga, Hércules Poirot, a quien el administrador del tren le pide que se encargue de hacer una investigación.

Poirot toma el caso y la investigación determina que la víctima Ratchett, años atrás había secuestrado a una niña en los Estados Unidos para exigir un rescate millonario y después de cobrar el rescate mató a la niña Daisy Armstrong. Una vez descartadas la posibilidad de que el crimen fuera cometido por una sola persona, se consolida la hipótesis de que todos los que iban en el tren, eran culpables.

Da la casualidad de que los 12 pasajeros eran amigos, familiares, empleados o de alguna forma estaban estrechamente relacionados con los padres de la niña asesinada, la familia Armstrong, y de algún modo todos, tenían por lo menos un motivo para querer matar a Ratchett.

Iba pensando en el argumento de la película cuando me encontré con Guillermo Rodríguez, periodista sanjuanero de los años 70, quien, conociendo que yo era seguidor del columnista y editor, me dijo:

-Tengo una mala noticia para darte, mataron a Orlando Martínez; no estoy totalmente seguro, pero creo que es así.

La noticia me impactó terriblemente. Me reuní con amigos esa noche, hablamos del tema, todos opinando que si esto era cierto, la sociedad dominicana iba a quedar traumatizada y el doctor Joaquín Balaguer, presidente de la República, iba a quedar al desnudo ante la opinión pública como el autor intelectual de ese crimen.

Pasada la medianoche regresé a mi casa consternado y rabioso. Al día siguiente los informativos confirmaron que Orlando Martínez Howley fue atacado a balazos mientras se desplazaba cerca de la Universidad Autónoma a las 7 y 40 minutos de la noche.

Mi intención no es hacer un paralelo entre el argumento de la popular película de ficción “Asesinato en el Orient Express» (basada en la novela del mismo nombre de Agatha Christie) y la realidad del sangriento hecho acaecido en la capital dominicana el 17 de marzo del 1975, porque la muerte de Orlando se produjo en el nombre de la República y no hay coincidencia argumental. Solamente traigo el tema como referencia de lo que yo estaba haciendo esa desgraciada noche, cómo me llegó la noticia, quién me la dio, cuándo, dónde y por qué.

Tal vez el punto de inflexión con la película del 1974 dirigida por Sidney Lumet sea que a la misma hora que yo estaba en la sala del Cine Antonieta mirando una película de ficción sobre un crimen, en la vida real también se estaba cometiendo un crimen en la calle José Contreras, detrás de la universidad, en la capital dominicana.

CUPULA MILITAR

Otra referencia coincidente puede ser que en la trama del filme todos los pasajeros estaban involucrados, y en la realidad toda la cúpula militar del gobierno de Joaquín Balaguer estaba involucrada en el horroroso crimen, unos por comisión y otros por omisión.

A Orlando, siendo un redactor ético y riguroso en el ejercicio de su profesión, a sus 31 años uno de los hombres de pensamiento refulgente en la dominicana de los 70, se le preparó una celada que, aunque terminó con sus resultados fatales, al final fue descubierta: quedó documentado para la historia que en el despacho del presidente fue preparada la trama que estremeció la sensibilidad de la gente.

Orlando tenía una forma de escribir y de enfocar la problemática social. Era dueño de un pensamiento con profunda convicción nacionalista. Sus reflexiones eran profundas, audaces y sopesadas.

Sus escritos diarios planteaban el surgimiento de un pensamiento nuevo, que forjara una generación sin dogmas, de méritos y cualidades competitivas a nivel del mundo.

Voy a recordar un artículo publicado por Orlando un año antes de su muerte, titulado “Una estaca en el corazón”, donde recoge un trozo de la novela Drácula, de Bram Stoker: un hombre decide tomar venganza del vampiro que durante años habría chupado la sangre de su descendencia, hundiéndole un día de sol una estaca en el corazón.

El artículo finaliza así: “…debemos garantizarles a todos los dominicanos el derecho a formarse sus propias convicciones, debemos construir una sociedad donde la libertad de cada uno, como dijera el filoso alemán, sea la garantía de la libertad de todos, una sociedad liberada del miedo, una sociedad que nos libere de este presente de opresión, pero que no nos cree una opresión de nuevo tipo, que nos libere de la dependencia económica de los vampiros, pero que no nos haga depender política o militarmente de cualquier otra potencia, ese será el día de la nueva aurora, ese será el día del renacimiento de la patria”.

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