La sutil división entre la verdad y la mentira

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El hombre desde que tiene uso de razón se ha debatido, filosóficamente, entre el conocimiento puro de la verdad y el oscuro mundo de la mentira, como forma de buscar un acercamiento más directo con Dios, con el universo, con la naturaleza o con cualquier idea que se tenga de Él, o simplemente, como existencialista o ateo, para negar su existencia.
La mentira, en cambio, se define como el ocultamiento de la realidad, la negación de Dios, vivir en el engaño eterno, creadora de nebulosas envolventes que, convierte a su creador y a quienes caen en ella, en perfectos títeres del ilusionismo y de la maldad que provoca.

Sin embargo, en el marasmo de contradicciones, y de artificios de debates de ideas, puras o contaminadas, magnificadas por el poder casi absoluto, de las redes sociales y de los medios de comunicación, se lee y escucha a analistas tratando de confundir el ideal de la verdad o de la mentira que tenga el receptor.

En estos tiempos, el grosor de la superficie que separa a quien está diciendo la verdad de aquel que está hablando la mentira, es tan imperceptible que al hombre ordinario le resulta difícil distinguirla y hacer una valoración razonada del concepto que se discute.

La razón, propia del género humano, su capacidad de dar respuesta, eficaz y eficiente, al contenido o situación que él mismo hombre ha observado, se encuentra desdoblada por el bombardeo de información, muchas veces interesadas, que presenta los hechos, contrario a como real y efectivamente son u ocurrieron.

Así las cosas, el hombre, de manera subjetiva, se encuentra sometido al vaivén de quienes ostentan el poder o dominan los medios de producción, convirtiéndolo en simple vasallo, narigoneado a su antojo por la retorcida verdad o por la inventada mentira que el poder estructura para seguir subyugando.

Si tal postura de avasallamiento mental se manifiesta en escala gradual, respecto a cada individuo, conforme a los niveles de instrucción, la abducción no sucede igual y proporcionada, cuando el adoctrinamiento se enquista en una cultura de Estado, haciendo de la colectividad una sociedad condicionada y sumisa.

En una nación drogada conceptualmente, se violan las libertades, la corrupción campea, el amiguismo cómplice, el individualismo y los poderes fácticos, a conveniencia, se inclinan reverente ante la aureola del poder, con el lustrado falso de la mentira, convertida, a fuerza, en verdad absoluta.

En un Estado así, el poder hace reparto de canonjías, convierte a hombres, laicos o supuestos de Dios, en siervos terrenales, los hace funcionarios, coroneles, generales, enrolan familiares, y hacen de algunas iglesias, lábiles centros del maligno, con fachadas indecorosas de Dios.

Como paradigma del uso maquillado de la mentira a nivel de Estado, siempre se recurre a la frase de Gobbels, jefe de comunicación de Hitler cuando dijo: «una mentira repetida mil veces, se convierte en verdad». Y parecía tener razón, pero no, amigos lectores, la verdad tarda, pero siempre llega.

Entonces, no es ocioso decir, con Calderón de la Barca, «Un frenesí».

«¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son».
Conocedor de esa ficción, que oculta a la verdad, con razón el escritor disidente soviético, de la época de la guerra fría, Alessandro Solzhenitsyn, llegó a decir sobre la política que: «la mentira se había convertido no sólo en una categoría moral, sino en un pilar del Estado».

En el pasado y hoy día, ¿habría que preguntarse qué es tan cierto de lo que nos dicen las grandes potencias? ¿Qué ha sido tergiversado de la historia universal y la de la patria nuestra? ¿Qué es o ha sido bueno o no, de los gobiernos que hemos tenidos? ¿Qué es cierto o mentira del concepto de Dios?.

Podría ser que muchas respuestas a estas interrogantes, hayan sido contaminadas por el Poder, pero algo sí es cierto, que este mundo es ilusorio lo relativo de las cosas y de las ideas, incluso, la de este profano de la pluma, que cree en la grandeza omnímoda del Dios, que todos llevamos dentro.

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