En la comunidad de Gurabo vivió hace muchos años un hombre al que todos llamaban Nido. Nadie conocía el verdadero origen de aquel nombre. Los más viejos aseguraban que había nacido debajo de una palma durante una tormenta; otros decían que, cuando era niño, las cigüitas se posaban sobre sus hombros y le revelaban los secretos del bosque.
Lo único cierto era que Nido subía a las palmas como ningún otro hombre de la comarca.
Yo tendría siete, ocho o quizás nueve años cuando lo conocí. A esa edad uno no cuenta los años: cuenta las aventuras. Cada vez que Nido pasaba frente a nuestra casa con una soga enrollada al hombro y sus instrumentos de trabajo en las manos, los muchachos sabíamos hacia dónde se dirigía.
—¡Ahí va Nido! —gritaba alguno.
Y todos salíamos corriendo detrás de él.
Nido cortaba los grandes racimos de palma que servían de alimento a los cerdos. En aquellos tiempos, la gente sabía aprovechar lo que la naturaleza ofrecía. De la palma se obtenían frutos, hojas para cubrir los techos, fibras para fabricar objetos y sombra para los animales y los caminantes.
Pero Nido decía que una cosa era servirse de la tierra y otra muy distinta adueñarse de ella.
—La naturaleza puede alimentarnos —repetía—, pero también necesita que la alimentemos respetándola.
Antes de subir, daba varias vueltas alrededor de la palma. Observaba las ramas, buscaba señales entre las hojas y escuchaba con atención el canto de los pájaros.
¿Por qué no subes de una vez? – le preguntábamos impacientes.
Porque primero hay que pedir permiso -respondía.
Entonces colocaba una mano sobre el tronco y cerraba los ojos. Nunca supimos si hablaba con la palma o si solamente estaba comprobando que el árbol se encontrara sano. Después se ajustaba la soga a la cintura, abrazaba el tronco y comenzaba a trepar.
Subía con tal agilidad que parecía no tocar la palma, sino que la palma misma lo levantaba. En diez o quince minutos ya estaba allá arriba, pequeño ante nuestros ojos, conversando con las hojas y con el viento.
Sin embargo, Nido nunca cortaba todos los racimos.
Este está maduro y puede bajarse —decía—. Aquel debe quedarse para que alimente a las aves y produzca nuevas palmas.
También evitaba tocar las hojas jóvenes y jamás hería el corazón del árbol.
Si por quererlo todo matamos la palma, mañana no tendremos ni frutos, ni pájaros, ni sombra.
De esa manera recogía lo necesario para alimentar a los cerdos, pero dejaba suficiente para que la vida continuara. Algunas semillas caían al suelo y germinaban con las lluvias. Otras eran transportadas por las aves hacia lugares lejanos. Así, mientras los hombres aprovechaban los frutos, el palmar seguía creciendo.
Nosotros observábamos desde abajo con la boca abierta. Sin embargo, debo confesar que no íbamos solamente para verlo subir. Esperábamos con impaciencia el momento en que desprendiera los racimos.
¡Apártense! gritaba Nido desde lo alto.
El racimo bajaba cortando el aire y caía sobre la tierra con un golpe seco. Entonces aparecían, escondidos entre las hojas, unos nidos enormes llenos de pichones de cigua.Aquello era una maravilla para nosotros.
Corríamos hacia los nidos con el deseo de tomar las cigüitas en las manos. No sabíamos qué haríamos con ellas. Quizás queríamos criarlas, coleccionarlas o simplemente llevarnos un pedacito de aquel mundo que hasta entonces había permanecido oculto en lo alto de las palmas.
Pero las madres no permitían que nos acercáramos con facilidad.
Volaban alrededor de nuestras cabezas lanzando chillidos furiosos. Se abalanzaban sobre nosotros y nos clavaban las uñas en las manos. Cuando una cigua se aferraba a un dedo, despegarla era una tarea terrible. Batía las alas, picoteaba y peleaba con una valentía que parecía demasiado grande para un animal tan pequeño.
Yo las veía de un color naranja encendido, como si llevaran una brasa viva dentro del pecho. Ahora pienso que aquel color no provenía únicamente de sus plumas: era el fuego del amor con que defendían a sus crías.
Una tarde tomé uno de los pichones y lo escondí contra mi pecho. Era pequeño, tibio y tembloroso. Su madre volaba sobre mí, desesperada, dejando escapar un canto que ya no parecía de rabia, sino de dolor.
Nido descendió de la palma y me miró en silencio.
Enseñanza
Devuélvelo- ,me dijo. Yo quiero criarlo. Quien quiere de verdad a un pájaro no le roba el cielo.
Sus palabras me avergonzaron. Coloqué el pichón nuevamente en el nido y, en cuanto me aparté, la madre bajó y lo cubrió con sus alas.
Entonces Nido reunió a todos los muchachos.
Miren bien este palmar —nos dijo—. Sus frutos alimentan a los cerdos; sus hojas nos ayudan a construir; sus semillas crean nuevos árboles, y sus ramas sirven de hogar a las aves. Si destruimos una sola parte por ambición, terminamos perjudicando a todas las demás.
Después tomó una semilla y la sostuvo frente a nosotros.
La humanidad necesita los recursos de la tierra para vivir. Necesita madera, agua, frutos, minerales y espacio para cultivar. Pero aprovechar no significa arrasar. Podemos cortar sin exterminar, sembrar después de recoger, utilizar sin desperdiciar y dejar tiempo para que la naturaleza se recupere.
Hizo un pequeño hoyo y depositó allí la semilla.
Por cada cosa que la tierra nos entrega, debemos devolverle una esperanza.
En ese momento ocurrió algo que todavía recuerdo como si lo estuviera viendo. Todas las palmas comenzaron a moverse, aunque no soplaba viento. Las hojas se rozaron unas con otras y produjeron un murmullo que recorrió el palmar.
Nido levantó la cabeza y escuchó, ¿Qué dicen las palmas? —le preguntamos.
Él sonrió antes de recoger su soga.
Dicen que el ser humano también pertenece a la naturaleza. Si la cuida, se cuida a sí mismo.
A partir de aquel día ninguno de nosotros volvió a llevarse un pichón. Seguíamos acompañando a Nido y ayudándolo a recoger los racimos, pero aprendimos a contemplar los nidos sin destruirlos. Después de cada jornada sembrábamos algunas semillas en los claros del terreno.
Las cigüitas dispersaban otras con sus vuelos. Los cerdos se alimentaban con los frutos maduros. Las familias aprovechaban las hojas caídas, y las palmas continuaban levantándose hacia el cielo. Nada se desperdiciaba y ninguna especie tenía que desaparecer para que otra pudiera vivir.
Pasaron los años y un día Nido dejó de recorrer la comunidad de Gurabo. Algunos dijeron que se había marchado a tierras lejanas. Otros juraban que, durante una madrugada de luna llena, lo vieron trepar por la palma más alta y desaparecer entre las estrellas.
Nunca supimos la verdad.
Pero los nativos que todavía viven en Gurabo, ocultos entre los edificios y el humo de los motores, cuentan que, cuando alguien intenta cortar más árboles de los necesarios, contaminar un río o sacar un pichón de su nido, las palmas inclinan sus copas y una voz baja desde lo alto:
—Toma lo necesario, devuelve una esperanza y deja que la vida continúe.
Entonces aparece una cigüita de pecho naranja, encendido como una pequeña llama, y todos recuerdan la enseñanza de Nido: los recursos naturales son un regalo que sostiene a la humanidad, pero no una riqueza infinita que deba ser destruida por la codicia.
La tierra puede ofrecernos cuanto necesitamos, siempre que aprendamos a cuidar el medio ambiente.
El gran nido
Tal vez por eso aquel hombre se llamaba Nido. Porque enseñó que nuestro planeta es el gran nido de la humanidad y que ningún ser sensato destruye el lugar donde nacen, se alimentan y crecen sus hijos.
Aprovechar la naturaleza sin dañarla no es renunciar al progreso. Es asegurar que el progreso también alcance a quienes todavía no han nacido.
Porque el verdadero desarrollo no consiste en recoger todos los frutos del presente, sino en dejar palmas, semillas, agua limpia y pájaros cantando para el porvenir.
Pd. En aquellos tiempos a nadie se le había ocurrido declarar a la cigua palmera “ave nacional”












