Dame hombro: indicativo de que nos estamos idiotizando

0
21

Resulta alarmante observar cómo una expresión sin lírica, sin historia y sin un soporte musical relevante logra convertirse en tendencia mundial, acaparando la atención de millones de personas y ocupando espacios privilegiados en las redes sociales. El fenómeno de «Dame Hombro» no debería pasar inadvertido: más allá de su popularidad momentánea, nos invita a reflexionar sobre los gustos, las prioridades y la dirección cultural de una sociedad cada vez más condicionada por los contenidos virales. A esta expresión, que se ha instalado en el imaginario colectivo con sorprendente velocidad, algunos pretenden otorgarle la categoría de canción. Sin embargo, cabe preguntarse si todo lo que se reproduce millones de veces merece ser considerado una obra musical en el sentido artístico del término. La música ha sido históricamente mucho más que una frase repetitiva acompañada de sonidos: ha sido poesía, narrativa, melodía, sentimiento, identidad y memoria colectiva.

No se trata de establecer una dictadura del gusto ni de negarles a las nuevas generaciones el derecho a disfrutar de sus propias expresiones culturales. Se trata de cuestionar cómo hemos llegado a convertir la repetición en mérito, la viralidad en sinónimo de calidad y la popularidad instantánea en una medida casi absoluta del valor artístico. Hubo una época en la que millones de personas permanecían pendientes del lanzamiento de una nueva novela de Gabriel García Márquez. La expectativa por leer una obra del escritor colombiano trascendía fronteras y convertía la literatura en un acontecimiento cultural. Algo semejante ocurría con la música: el anuncio de una nueva producción discográfica vinculada a compositores de la talla del maestro español Manuel Alejandro, Rafael Pérez Botija o Juan Carlos Calderón despertaba una expectación extraordinaria. Sus composiciones tenían riqueza melódica, arreglos, interpretación y letras capaces de contar historias con las que varias generaciones se identificaban. Aquellos creadores demostraron que una canción podía convertirse en patrimonio emocional de una sociedad y sobrevivir a las modas gracias al talento, el oficio y la sensibilidad artística.

Hoy, en cambio, una expresión de escaso contenido artístico puede conquistar el planeta en cuestión de horas. Basta con que despierte curiosidad, provoque una reacción, genere imitaciones o aparezca en miles de videos para que las plataformas digitales la multipliquen hasta convertirla en un fenómeno aparentemente irresistible. Y aquí surge la pregunta fundamental: ¿estamos ante una extraordinaria democratización de la expresión humana o ante una progresiva banalización de nuestros intereses? Las redes sociales no son, por sí mismas, responsables de este fenómeno. También ofrecen espacios para divulgar conocimientos y estimular el debate. El problema aparece cuando la atención colectiva parece quedar secuestrada por contenidos efímeros, mientras los asuntos que podrían transformar nuestras vidas reciben una atención desproporcionadamente menor.

Mientras la inteligencia artificial redefine profesiones, modifica procesos productivos, transforma la educación y plantea interrogantes éticos de enorme trascendencia, millones de usuarios pueden permanecer absortos en una expresión viral cuyo contenido difícilmente resiste un análisis artístico elemental. Mientras la ciencia abre nuevas posibilidades para la humanidad, parte de la conversación digital parece conformarse con la repetición interminable de estímulos que no exigen reflexión ni esfuerzo intelectual. Esto no significa que debamos pasar el día leyendo tratados científicos o escuchando música clásica. El entretenimiento es necesario; el humor cumple una función social y las expresiones populares tienen derecho a existir. Una sociedad también necesita reír, bailar, descansar y disfrutar de lo cotidiano. Pero una cosa es entretenerse y otra muy distinta es convertir el entretenimiento superficial en el centro de nuestras prioridades.

El verdadero peligro no está necesariamente en «Dame Hombro», ni en una frase viral, ni siquiera en una moda musical pasajera. Está en perder la capacidad de distinguir entre lo que simplemente nos distrae y lo que verdaderamente nos enriquece. Cuando una sociedad concede más atención a lo trivial que a lo trascendente y los contenidos de consumo inmediato desplazan sistemáticamente la lectura, el pensamiento crítico y la creación artística, estamos ante una señal que merece ser examinada con seriedad. ¿Nos estamos idiotizando? La pregunta puede parecer exagerada, pero no lo es tanto si la entendemos como una advertencia sobre el deterioro de nuestros hábitos de atención, y no como un insulto a quienes disfrutan de una tendencia determinada. La inteligencia de una sociedad no se mide por su capacidad para reproducir una frase de moda, sino por su disposición a cuestionar, aprender, crear y comprender el mundo en que vive.

Las plataformas digitales conocen el valor económico de nuestra atención. Cuanto más tiempo permanecemos conectados, más oportunidades existen para mantenernos consumiendo contenido. En ese escenario, lo llamativo, lo insólito y lo repetitivo pueden imponerse sobre lo complejo, lo educativo y lo artísticamente elaborado. La viralidad no constituye una certificación de calidad: revela, ante todo, que algo consiguió captar la atención de una audiencia. Por eso debemos preguntarnos qué estamos premiando como consumidores y qué estamos dejando de valorar como sociedad. ¿Estamos formando ciudadanos mejor informados o audiencias cada vez más fáciles de distraer? ¿Aprovechamos la tecnología para ampliar nuestros horizontes o permitimos que el flujo interminable de contenidos reduzca nuestra capacidad de concentración?

No propongo regresar al pasado ni desconocer las posibilidades de la cultura digital. La tecnología es una herramienta extraordinaria cuando se utiliza para aprender, producir, investigar y crear. Tampoco pretendo que cada expresión popular tenga que superar un examen académico para ser disfrutada. Defiendo el derecho a exigir calidad, valorar el talento y mantener viva la reflexión en una sociedad saturada de estímulos. Si antes esperábamos con entusiasmo una novela de Gabriel García Márquez o una producción musical de Manuel Alejandro, no era solamente porque aquellos artistas fueran famosos, sino porque sus obras representaban una experiencia cultural que dejaba huellas. Hoy deberíamos aspirar a que la tecnología nos permita acceder a más conocimiento, descubrir nuevos talentos y ampliar nuestras posibilidades creativas, en lugar de conformarnos con aquello que los algoritmos colocan delante de nuestros ojos.

«Dame Hombro» puede ser una moda pasajera. Mañana aparecerá otra expresión, otro video, otro desafío y otra tendencia que ocupará titulares y provocará millones de reproducciones. Lo verdaderamente importante será determinar si, detrás de esa sucesión interminable de novedades, conservamos la capacidad de pensar por cuenta propia. Una sociedad puede estar tecnológicamente avanzada y, al mismo tiempo, empobrecida en sus hábitos culturales; tener acceso ilimitado a la información y mostrar poco interés por el conocimiento; vivir conectada con el mundo entero y desconectada de las cuestiones que realmente importan. Más que condenar una expresión viral, debemos examinar el espejo que nos coloca delante. La pregunta no es solamente por qué «Dame Hombro» se ha vuelto tendencia, sino qué revela su éxito sobre nuestra manera de consumir, valorar y compartir contenidos.

Si una frase sin mayor trascendencia puede capturar nuestra atención colectiva con más facilidad que el conocimiento capaz de transformar nuestro futuro, quizás el problema no sea la frase, sino el rumbo de nuestras prioridades. Y si necesitamos un indicativo para saber si nos estamos idiotizando, tal vez debamos comenzar por observar cuánto tiempo dedicamos a repetir lo que está de moda y cuánto a comprender aquello que podría cambiar nuestras vidas. Porque el progreso de una sociedad no consiste únicamente en disponer de tecnología cada vez más avanzada, sino en desarrollar la inteligencia necesaria para utilizarla con criterio. De lo contrario, corremos el riesgo de tener en nuestras manos las herramientas más poderosas de la historia y emplearlas, principalmente, para distraernos de lo verdaderamente importante.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí