La corrección política obligaría a aclarar que el título no evoca el concepto desarrollado por Freud para explicar una situación concreta, ni tampoco el formulado por Jung (Electra) como contraposición teórica para satisfacer cuotas de género. No. El “Edipo” del que hablamos es el real, no el constructo psicoanalítico, sino el caracterizado por Sófocles en su tragedia –hace 2,454 años–, que, a su vez, fue la recreación literaria de un mito antiguo; uno de los tantos mitos con que los griegos intentaron entender [y explicar] el mundo.
Cuando la Esfinge preguntó a Edipo cuál era el animal que caminaba con cuatro patas por la mañana, dos a mediodía y tres al atardecer, este, sin ayuda de los dioses –contrario a casi todos los héroes griegos– respondió sin dudar: el hombre.
Al final de la tragedia, Edipo terminó vagabundeando ciego, solo y viejo por los caminos polvorientos del Ática, apenas sosteniéndose de un bastón… esa tercera pata que usa el hombre en el final de sus días. Edipo tuvo la inteligencia de entender la condición humana frente a una criatura inhumana, pero fue incapaz de visualizar que ese mismo destino también le esperaba.
La hybris lo cegó y le hizo olvidar su naturaleza humana; la vanidad del conocimiento le deslumbró, pero no le permitió conocer sus límites, y esa es la enseñanza de la tragedia. Una lección que, por cierto, olvidan casi siempre quienes detentan en el poder; una que empiezan a aprender cuando lo pierden.
En perder reside el aprendizaje. Se empieza a perder la vida desde el mismo momento en que se nace. El ciclo de la existencia se resume al tránsito de la vida hacia la muerte, y a lo que está en el medio es que se le llama vida.
Si para los griegos el objetivo de la vida era la areté –la virtud, la búsqueda de la excelencia–, para muchos es simplemente respirar y cumplir los ritos de pasaje en el ciclo de la vida –nacer, crecer, reproducirse y morir– y, en el medio, disfrutar de lo efímero y pasajero; de las ilusiones –Māyā– que nos habla el Rigveda; de la vanidad de que nos advierte “El Predicador”, en Eclesiastés.
Todo corre rápido; los días son más cortos a medida que se agotan en el calendario; el tiempo se siente cada vez más efímero mientras menos tiempo queda. Podemos, en el atardecer de nuestras vidas, creer que seremos eternos por el simple hecho de salir invictos en una revisión cardiológica –luego de presentar la analítica de un niño–, pero la sola imagen de un hombre saliendo de la consulta, consumido, con dificultades para caminar y apoyándose en un bastón, nos recuerda que, sin importar lo que pensemos (o cómo nos sintamos), en el atardecer de nuestras vidas caminaremos a tres patas. Creerlo o no es una elección, pero el mito está ahí… y Edipo también.












