Fue un miércoles sombrío. La mañana de aquel día, 31 de mayo, había crecido con un aire frío, como de nostalgia, un silencio de comarca en trance de dolor y una brisa necia que hacía bambolear los espíritus.
Extrañamente, a media mañana, los escolares habían sido despedidos a sus casas con la excusa de que se realizaría una reunión de profesores con el Inspector de Educación, un funcionario regional que solía visitar con frecuencia las escuelas para llamar la atención sobre su funcionamiento y eficiencia.
Sobre el mediodía, el sol había ido palideciendo y cualquier avezado en cuestiones del espíritu pudiese haber oteado claramente un presagio de muerte y asombro en el ambiente incógnito de aquel día triste. Al iniciarse la tarde, sobre las dos pm, el aire frío de la mañana se había consustanciado con un cielo encapotado y sereno del que germinaría, pocas horas más tarde, una llovizna ligera.
Aquellos que, a causa de acontecimientos funestos de los últimos meses, habían estado a la caza de signos trágicos, comenzaron pasado el mediodía a percibir la presencia de un prenuncio raro y, de inmediato, se arremolinaron sobre las más variada conjeturas, expresadas en susurros, en la soledad de las alcobas. Para dar solidez al presagio, al rumor y a la duda, alguien había observado la ocurrencia de aprestos militares y una bandera colocada a media asta en la fortaleza local.
El día anterior, martes de mayo que el santoral dedicaba a san Fernando, Rey de España, quien junto a su esposa Isabel tenía dedicada una de las principales vías capitalinas, la de los Reyes Católicos, la jornada había comenzado de manera aparentemente normal para el baladrón que había regido los destinos del país por poco más de treinta años.
El Generalísimo se había levantado, como de costumbre, a las cinco de la mañana. En pocos segundos se había introducido al baño ribeteado de oro en sus marcos, para iniciar un proceso que le tomaba cerca de una hora, en que se aseaba y maquillaba su rostro con cremas blanqueadoras, con cuidado y meticulosidad propia de un príncipe medieval. En bata de casa, se sentaría luego para leer rápidamente El Caribe, sobre todo su columna preferida, Foro Público, sorber un café, prepararse para vestirse de civil y partir hacia su despacho palaciego. Ya no era el presidente, pero eso no importaba.
El teniendo Amado García Guerrero, que fungía de ayudante ese día en la mansión ejecutiva, se aprestó, no sin antes hacer el saludo de rigor a su Comandante en Jefe, a abrir la portezuela del automóvil que conduciría al Benefactor hacia su destino. Posteriormente, ese mismo día, sobre las diez de la noche, García Guerrero prepararía el terreno para que el Generalísimo acudiese a otro destino, al definitivo, a uno del que ya no podría regresar jamás a su habitual faena de perdonavidas.
Cuando el Oldsmobile de Antonio de la Maza, capitaneado al volante por Antonio Imbert Barrera, avanzó sobre la oscuridad y el silencio de la noche de aquel martes crucial por la entonces nueva carretera hacia San Cristóbal, la mayoría de los dominicanos, cuyas capas sociales estaban a ese momento divididas entre una pelonería inmensa que arropaba a tres cuartas partes de la masa poblacional, y una limitada cuarta parte con una riqueza mediatizada, ya que riqueza sólida y demostrable sólo la tenía el Generalísimo y su cohorte pecaminosa, ignoraba que a esa hora –diez menos quince minutos- se estaba escribiendo el epitafio de una Era.
Todavía, más de quince horas después de que el mocano de la Maza colocara un disparo de gracia a la cabeza del cuerpo del Generalísimo, ya agujereado con diecisiete impactos de bala, y de que con su verbo incivil y maldiciente le increpara al cadáver fresco aún la frase que cierra un ciclo clave de la historia nacional: “¡Hijo e’puta, se te acabó tu hora…Ya este guaraguao no matará más pollitos!”, los dominicanos ignoraban la tragedia y el drama consecuente vivido por los conjurados en aquella cita decisiva y decisoria.











