El respeto también comunica

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POR FRANCISCO MANUEL ORTEGA

En una época en que la comunicación dominicana atraviesa por una preocupante transformación, resulta reconfortante encontrar espacios televisivos donde todavía prevalecen el respeto por el lenguaje, la buena dicción y la consideración hacia quienes están del otro lado de la pantalla.

Uno de esos ejemplos lo encontramos en Haime Thomás, un comunicador que, desde Santiago de los Caballeros, ha cultivado una manera particular de dirigirse a su audiencia, tanto en la televisión tradicional como en las plataformas digitales.

Sus intervenciones en programas como El Cafecito y La Hora Estelar, junto a su compañera Iliana Rosario, constituyen una muestra de que es posible informar, analizar y debatir sin recurrir a la estridencia, la vulgaridad o la descalificación personal.

Jaime Tomás Frías

Lo interesante es que no necesariamente tenemos que coincidir con sus opiniones. En lo personal, puedo estar de acuerdo o discrepar de sus planteamientos, pero eso no me impide reconocer la forma respetuosa, pausada y profesional con que conduce la información.

Esa distinción parece haberse perdido en determinados espacios de nuestra comunicación. Hoy abundan programas donde el volumen de la voz pretende sustituir la profundidad de las ideas, mientras el escándalo y la confrontación se utilizan como recursos para conquistar audiencia.

También preocupa la facilidad con que algunas personas, sin preparación suficiente ni dominio elemental del lenguaje, asumen la responsabilidad de conducir programas, entrevistar personalidades o emitir juicios sobre asuntos de interés nacional.

No pretendo establecer que solamente quienes poseen un título universitario pueden ejercer la comunicación. La experiencia, la lectura, la disciplina y la formación autodidacta también construyen excelentes profesionales. Pero ninguna de esas condiciones puede sustituirse con improvisación permanente.

La comunicación implica una responsabilidad social que trasciende los niveles de audiencia, los seguidores en las redes o la popularidad circunstancial. Quien se coloca frente a un micrófono debe comprender que sus palabras influyen, orientan y, en muchos casos, contribuyen a formar criterios.

Precisamente por eso valoro el trabajo de Haime Thomás y de Iliana Rosario. Su manera de expresarse demuestra que la cortesía no resta firmeza a los argumentos, que una pregunta inteligente no necesita ser ofensiva y que el respeto al interlocutor fortalece la credibilidad.

Tampoco se trata de defender una comunicación rígida, distante o desprovista de humor. Nuestra idiosincrasia dominicana permite la espontaneidad, la alegría y hasta la picardía, sin necesidad de convertir la chabacanería en una fórmula de éxito.

Las nuevas generaciones de comunicadores necesitan referentes que les recuerden el valor de la preparación, la riqueza de nuestro idioma y la importancia de escuchar antes de responder. La tecnología ha multiplicado las plataformas, pero no ha reducido la responsabilidad de quienes las utilizan.

Reconocer esas cualidades en un profesional no significa otorgarle la razón en todo cuanto expresa. Significa comprender que el debate público se enriquece cuando las diferencias se presentan con argumentos y no mediante ataques personales.

Haime Thomás y su compañera representan, desde mi apreciación, una forma de hacer comunicación que merece ser destacada en medio de tantas expresiones que confunden notoriedad con calidad.

Podemos disentir de las ideas, pero jamás deberíamos perder el respeto por las formas. La buena comunicación no comienza levantando la voz, sino aprendiendo a utilizar la palabra.

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