POR LUIS M. GUZMAN
La República Dominicana celebra su salida del mapa del hambre de la FAO, mientras numerosas familias continúan enfrentando dificultades para comprar los alimentos que necesitan. No se trata de negar un avance internacionalmente reconocido, sino de examinar qué significa realmente.
Una cosa es superar el umbral estadístico de la subalimentación crónica y otra garantizar que los hogares puedan alimentarse dignamente. Entre ambas realidades existe una distancia que ningún discurso oficial debería ocultar.
El presidente Luis Abinader declaró en Roma, el pasado 12 de octubre, que contribuir a sacar al país del mapa del hambre constituye uno de los logros que mayor orgullo le producen. La FAO reconoció que la subalimentación crónica descendió en el período 2023-2025. Es un progreso nacional acumulado durante dos décadas. Pero cuando un mandatario coloca ese reconocimiento entre los grandes éxitos de su gestión, también debe explicar las necesidades que el indicador no alcanza a medir.
El hambre que la FAO no mide
La propia FAO proporciona el dato que impide confundir el reconocimiento con la desaparición del problema, el 41.3% de la población dominicana, aproximadamente 4.7 millones de personas, experimenta inseguridad alimentaria moderada o grave. Dentro de ese grupo, alrededor de 2.1 millones enfrentan inseguridad grave. Son mediciones distintas de la subalimentación crónica, pero revelan una realidad decisiva, millones de dominicanos todavía encuentran dificultades para acceder regularmente a alimentos suficientes y adecuados.
Aquí comienza la contradicción fundamental. Un país puede producir alimentos, abastecer sus mercados y exhibir crecimiento económico sin que todos sus ciudadanos tengan capacidad para comprarlos. La existencia de arroz, pollo, huevos o vegetales en los establecimientos no garantiza que lleguen a la mesa de cada familia.
El hambre también está relacionada con salarios insuficientes, empleos precarios, desigualdad de ingresos y precios inaccesibles. La abundancia en los mercados pierde significado para quien debe escoger qué necesidades dejará sin cubrir.
Las estadísticas oficiales reconocen que la pobreza monetaria descendió al 17.3% en 2025, desde el 19% registrado en 2024. Ese avance merece reconocimiento, pero significa igualmente que una parte importante de la población continúa siendo pobre. Además, superar una línea monetaria no elimina automáticamente la vulnerabilidad. Una familia puede dejar de figurar entre los pobres y seguir expuesta a que una enfermedad, el desempleo o un nuevo aumento de precios comprometan su alimentación y la estabilidad de su hogar.
El Banco Central registró una inflación interanual del 5.12% en septiembre de 2026. Aunque los alimentos disminuyeron ligeramente de precio durante ese mes, la inflación acumulada y las diferencias entre productos siguen condicionando el presupuesto familiar.
El problema no consiste solamente en cuánto sube un alimento hoy, sino en cuánto cuesta frente al ingreso disponible. Cuando el salario apenas alcanza para cubrir lo indispensable, incluso una mejora económica nacional puede resultar imperceptible en la vida cotidiana.
El 4 de noviembre, Leonel Fernández, presidente de la Fuerza del Pueblo, cuestionó la interpretación gubernamental de los reconocimientos de la FAO y denunció lo que describió como una creciente indignación por el costo de la vida. Su planteamiento introduce una pregunta legítima: Puede considerarse superado un problema cuando tantas familias siguen padeciendo sus consecuencias? La respuesta exige reconocer que el avance contra la subalimentación es real, pero no equivale a la desaparición de la pobreza ni de la inseguridad alimentaria.
La pobreza detrás del reconocimiento
La responsabilidad de responder a esa pregunta tiene nombres y funciones. José Ignacio Paliza, ministro de la Presidencia y presidente del CONASSAN, reconoció que el hambre también representa ausencia de oportunidades y una herida a la dignidad humana. Esa afirmación amplía el compromiso institucional. Si el problema trasciende las calorías disponibles, las políticas deben demostrar mejoras en acceso, nutrición e ingresos. No basta con contabilizar beneficiarios, hay que comprobar cuánto mejoran sus condiciones y durante cuánto tiempo.
Francisco Oliverio Espaillat, ministro de Agricultura, ha destacado la producción nacional, la modernización agropecuaria y la protección de los arroceros. Pero la seguridad alimentaria no termina en los campos ni en los almacenes. Debe examinarse cómo se distribuyen los beneficios entre productores, intermediarios y consumidores. Si los pequeños agricultores enfrentan elevados costos y los hogares pagan precios difíciles de sostener, corresponde investigar dónde se encarece la cadena y qué resultados producen las políticas destinadas a mejorarla.
La protección social constituye otro componente indispensable. Las transferencias monetarias, la alimentación escolar y otros programas pueden aliviar privaciones reales, pero su existencia no demuestra por sí sola que los hogares hayan alcanzado independencia económica. Una política contra el hambre debe identificar a quienes permanecen excluidos, mejorar la nutrición infantil y proteger a las familias frente a pérdidas de ingresos. También necesita metas públicas, presupuestos verificables y evaluaciones que permitan conocer qué funciona y qué debe corregirse.
Existe un riesgo político cuando una estadística favorable se transforma en una celebración que ocupa más espacio que las necesidades pendientes. Abinader puede destacar legítimamente los avances alcanzados, pero su administración debe responder por los resultados actuales de las políticas públicas.
Paliza, Espaillat y las instituciones que dirigen tienen responsabilidades concretas en esa tarea. La rendición de cuentas exige contrastar sus declaraciones con la evolución de los precios, los ingresos, la nutrición y el acceso efectivo a los alimentos.
La República Dominicana no necesita escoger entre reconocer sus progresos y denunciar sus carencias. Necesita comprender que ambos pueden coexistir. Salir del mapa del hambre representa una conquista; conseguir que ninguna familia deba sacrificar medicamentos, educación o vivienda para alimentarse constituye una responsabilidad todavía pendiente.
El éxito de una política pública no se mide únicamente por el reconocimiento que recibe un gobernante, sino por la dignidad que alcanza la población. Porque el hambre no desaparece cuando sale de un mapa, sino cuando deja de condicionar la vida de las personas.
El hambre fuera del mapa
El problema alimentario exige observar especialmente a los niños, los envejecientes, las madres solteras, los trabajadores informales y las comunidades rurales. No todos enfrentan las mismas privaciones ni necesitan idénticas respuestas.
Los programas de alimentación escolar, las transferencias sociales y el apoyo a pequeños productores pueden contribuir a reducirlas, pero deben evaluarse por sus resultados concretos. La pregunta no es solamente cuántas raciones se distribuyen, sino cuántas familias alcanzan una alimentación suficiente, saludable y sostenible.
También debemos examinar una contradicción económica de mayor alcance, un país puede exhibir crecimiento, expansión turística y mejores indicadores de pobreza mientras numerosos hogares continúan sintiendo que trabajar no les garantiza vivir dignamente.
Esa distancia entre el progreso agregado y la seguridad económica individual merece una investigación permanente. Si la riqueza aumenta sin que una parte importante de la población pueda sostener una alimentación adecuada, el debate debe incluir la calidad del empleo y la distribución de las oportunidades.
Salir del mapa del hambre es una conquista que merece preservarse; convertirla en sinónimo de hambre erradicada sería un error. La verdadera medida del progreso no consiste en desaparecer de una clasificación internacional, sino en conseguir que cada vez menos familias deban elegir entre alimentarse, pagar el alquiler, comprar medicamentos o cubrir los estudios de sus hijos.
Las estadísticas deben servir para identificar lo que hemos superado y revelar lo que todavía falta. Porque el hambre no termina cuando desaparece de un mapa, sino cuando deja de condicionar la vida de las personas.












